Polillas

Aquel verano empezó fuerte y pronto. Era mayo, pero el calor ya se pegaba a la piel y empapaba la ropa en segundos. Millones de polillas se instalaron en el pueblo y la palabra plaga estaba en boca de todos. Las ancianas no soltaban el matamoscas y los niños menos escrupulosos se empeñaban en comprobar cuánto tiempo podrían sobrevivir esos bichos si les arrancaban las alas. Era poco.

El calor hacía difícil concentrarse. La escuela se convertía en una silla pegajosa, en una ventana cerrada, en unas paredes amarillentas reclamo para las polillas. Elena escapaba de los números, los copiadesto y los tenéisque sólo con levantar la cortina y fijar sus ojos en el descampado cercano. Un descampado tan vacío que desde unos ojos infantiles se antojaba infinito. Un mundo de posibilidades.

Ese día era especial, al acabar la escuela no había inglés, ni ballet, ni mecanografía.

La tarde era suya.

La cartera le pesaba en la espalda, pero aún así corrió para alcanzar a sus amigas. Pero dibujo, ir de compras, catecismo, gimnasia rítmica. Decepción. Todas tenían algo aquella tarde. Su única tarde.

Excepto Desi.

Desi le cansaba. Tenía el pelo muy rubio, los ojos muy grandes, los dientes muy blancos. Desi, desidia, Desi. Oye, ¿hacemos algo? Y enseñaba enteros los dientes. Todos. De-si-dia. Pero una polilla empezó a rondarlas y se posó en su pelo, tan rubio, tan largo. Un grito enorme y todas salieron corriendo, qué asco, qué grande, qué fea.

Al momento la valla del colegio al otro lado y Desi y Elena en el descampado. Trataban de partir una madera con clavos oxidados para seguir con la construcción de la cabaña. Esa cabaña que desde hacía tres meses levantaban con plásticos, cartones, palés y que cada mañana aparecía peor que el día anterior. Sin saberlo, todas sabían que nunca la terminarían; pero las entretenía ese reto, la primera frustración de otras muchas que vendrían después.

Entre palos y cartones vieron cómo sobresalían unos papeles amarillentos, descoloridos. Elena, intrigada, cogió dos palos como si fueran una pinza e intentó atraparlos. Nunca tocaba las cosas del suelo con la mano, por la tele salía que había jeringuillas con sida por todos lados y le daba miedoasco. Desi la miró como quien no entiende, se arrodilló y de un manotazo, que desmontó en una milésima de segundo todos los principios de Elena, agarró los papeles y los miró intrigada.

¡Una revista! No era más que una revista. El sol y el agua habían borrado parte de la portada: PEN…USE.

Desi cogió aire antes de abrirla. Como si fuera un tesoro. Un misterio. Y en Elena una punzada de envidia por no atreverse: miedica, cobarde. Los ojos de Desi se abrieron mucho. De más. Al pasar la primera página una risa nerviosa y una mirada a Elena cargada de todo. Y la risa histérica. ¡Qué asco! ¡Qué feo! Y Desi se reía sin parar, casi no podía hablar. Es muy fuerte… Hay que romperla antes de que vengan los chicos. Pero los chicos tenían entrenamiento. Correr y dar patadas a unos balones ennegrecidos. Quizás no llegarían hasta la noche. Quizás ni siquiera llegaran hoy.

La curiosidad en el estómago de Elena.

Y cuando le daba hambre era mejor alimentarla, darle lo que quería. Arrancó la revista de las manos de Desi -y de nuevo el triunfo, el poder-. Estaba pegajosa. ¿Y si la vemos? Una mirada de complicidad que las unió más que todos esos años entre las paredes del colegio. Elena se sentó en el suelo, Desi junto a ella, frente a los cartones, las maderas, los cadáveres de polillas.

A pesar de la advertencia, Elena no esperaba lo que encontró al pasar la primera página. Pieles de colores plásticos. Labios inflados. Pechos grandes, casicabezas. Jamás había pensado que existiera algo así. Tan enorme. Las pelotas de básquet del colegio, grandes, naranjas, redondas, ahora, en su imaginación, entraban todas por el aro.

Canasta.

Fotos con colores chillones, rojos y terciopelos. Y piel de cebra y tigre. Y sillones y motos (y sobre ellas posturas inimaginables). Elena bajó los ojos, miró su cuerpo y miró de nuevo a la rubia, luego a la morena y a la pelirroja y a la otra con la cabeza rapada y un extraño dibujo en el brazo. Labios de goma, como dibujados. Y las piernas tan abiertas que dejaban ver una sonrisa triunfal que Elena nunca imaginó que estuviera ahí abajo. Tan cerca, tan suya. Tampoco Desi que, en trance, ni pestañeaba mientras pasaba las páginas.

Pero lo que más le impactó fue él. Ellos. Entre las piernas algo enorme, grueso, enrojecido. Nada que ver con el colgajo que a veces les enseñaban Sergio y Nacho con orgullo mientras ellas salían corriendo. Nada que ver con esos señores que paseaban por la playa. Eran como palos, enormes, y en las fotos ellas los adoraban, los lamían, se los metían por todos lados. Era alucinante.

Volvieron a ver la revista. De cabo a rabo, más de rabo que de cabo. Les daba la risa y tampoco. Era raro, pero atraía. Y al acabar, silencio. Sin saber por qué, la escondieron bien escondida, con mimo, debajo de unas piedras. Unos matojos encima. Se la enseñaremos a las chicas. Sí, sólo a las chicas. A los chicos, no. No, a los chicos, no, ¿eh? Y tratar de levantar la tienda otra vez. Coger las muñecas polvorientas que siempre escondían allí. Y jugar. Pero mirar de reojo a la piedra, todo el tiempo. Oye… ¿Qué? ¿Y si no se la enseñamos a las chicas tampoco? Elena miró a la piedra y la miró otra vez. Desi entendió. Más hierbas sobre la roca y unos plásticos de la cabaña.

Cayó un palo. Elena corrió a sujetarlo, Desi cogió el otro a punto de que diera a parar en el suelo. Pero una polilla se acercó tanto a Elena que soltó el palo y corrió en círculos. Desi, incapaz de sujetar el peso, lo dejó caer. ¡Pam!

Todos esos días en el suelo, en un desastre de maderas, polvo, plásticos y sin sentido.

Cruzadas de brazos, derrotadas. Patadas a las maderas, a los plásticos, a las muñecas. Me siento mal. Me duele aquí en la tripa. Ya, da tanta rabia. Desi miraba el destrozo, los palos y los plásticos, cansada. No, no es eso. Me siento mal por lo otro. Y mirar la piedra de nuevo, el borde amarillento medio roto de la revista que se intuía. Es un nosequé aquí en la tripa. Desi asintió, pero no entendía. Elena sentía un peso horrible. Oye… Le daba vergüenza pero… ¿Nos confesamos? A Desi la pilló por sorpresa pero aceptó casi sin gesticular. Apenas gesticulaba, afirmaba sin más, se dejaba llevar. Se puso de pie y estiró la mano de Elena. Vale, venga, vamos.

Andaron hacia la iglesia. Elena cerraba los ojos y veía las fotos. Suciedad en las lenguas, en las bocas rojas. Suciedad en la piel, en el roce, en el lamer. Suciedad en las pieles de leopardo, en los gestos. Pesaba. Desi la estiró para que andara más rápido.

Abrieron el portón. Olor a incienso. Olor a rancio. Una señora tarareaba y quitaba el polvo de los bancos. Las miró con una sonrisa forzada que las invitaba a entrar pero daba miedo. Ante la casita de madera donde el cura dormitaba iban pasando señoras de negro que olían a naftalina. Y las niñas tras ellas.

El silencio lo manchaban los susurros, el crujir de la madera. Desi se chupaba las puntas del pelo y pensaba qué iba a decir. He mentido a mis padres. No he hecho los deberes. Lo de la revista… no. Eso no. Elena, en cambio, se arrodillaría, lo contaría todo y saldría ligera.

Las señoras soltaban una larga retahíla, cosas de mayores, de viejas, y el cura asentía, sin oír. Se levantaban cómo podían y Elena las imaginaba recomponiendo sus huesos como piezas de mecano. Ahora la rodilla, luego la cadera. Y así, avanzaban hasta volverse a arrodillar, crac, crec, crac, juntas, una al lado de la otra, en los bancos, frente a la cruz. Y se quedaban ahí pegadas, sssssss, como polillas. Polillas inmóviles, inertes, casimuertas. Ropa oscura y alas pegadas. Y susurros y rosarios y el cristo en la cruz.

Elena levantó los ojos y lo miró. Las heridas, la corona de espinas, los clavos. Su cara de dolor y sueño; una cara que a Elena se le aparecía en las noches de desvelo. Dolor, sueño, dolor y… ¿placer? Sí, quizás había algo de placer, un destello en sus ojos. Y de repente era como verlo por primera vez. Bajó la mirada, el torso desnudo, la sangre en las hendiduras y esa tela blanca, atada, que tapaba algo que para Elena ya no era desconocido. Miró a las señoras juguetear con las cuentas del rosario y susurrar mientras, en trance, no apartaban los ojos de la cruz. Del torso desnudo, de la tela. Y miró a Desi, al cura y de nuevo al destello en los ojos, a la tela blanca que ya nada tapaba.

Y entonces se dio cuenta de que ya no sentía ni un peso. Nada. Se sonrió. Desi, tengo que irme a casa. Un beso rápido en la mejilla y pasar entre los bancos, la naftalina. Cerró el portón y dejó atrás el olor a incienso, el olor a rancio. La culpa.

Esquivó a las polillas que volaban perezosas y, sin prisa, subió la calle hacia casa con una sonrisa en los labios.

Fueron pocas las veces que volvió a la iglesia.

Elisa Ferrer

Ilustraciones de Teresa Herrador

Licencia Creative Commons

Polillas por Elisa Ferrer Molina se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported. Basada en una obra en ablandarelladrillo.wordpress.com.

Licencia de Creative CommonsMis polillas by Teresa Herrador is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License. Creado a partir de la obra en www.teresaherrador.com.

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11 thoughts on “Polillas

  1. Qué chulo! Per un moment m’he transportat al campet i a la cabanya interminable. M’ha agradat molt, ja espere impacient el pròxim.

  2. Des de feia molt de temps que només faig que llegir i llegir de lo meu. M’has sorprés molt Elissa! m’ha agradat moltíssim, molt fresc i ingeniós. Tot un plaer. Un abraç.

  3. La inocencia del descubrir de unas niñas, el clima de angustia desde el primer párrafo, el humor como un guiño al lector en medio de un entorno tórrido, seco, invasivo, el ritmo, ese juntarpalabrasparahaceracentosenpequeñosgestosdelrelato… y esas ilustraciones.
    Me parece extraordinario.
    Gracias a las dos
    Bueno, me equivoqué y puse este comentario en el otro relato, pero se refiere al de ‘Polillas’. Torpeza la mía.
    Juan Carlos

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