Adverbio

Se le había atragantado. Llevaba diez días con la lectura de la novela y no pasaba de la página veintitrés. Diez días y las palabras se le pegaban a la retina, se le enredaban en los dedos, le anudaban la garganta. Maldita novela. La corrección no acabaría el lunes; lo sabía y se angustiaba. Se forzaba a leer y sus ojos golpeaban contra las mismas palabras, los mismos muros.

Y la página veintitrés.

Pidió unos días más. Su mujer sentía su cansancio en la huella violácea que le hundía los ojos, en las puntas negras que asomaban en las mejillas, que crecían en la barbilla. Dormía a su lado y le despertaban las palabras entrecortadas, el sueño agitado.

Ya en el primer café desaparecía, se extinguía en pensamientos, en silencios largos. ¿Estás bien? Y él se encogía de hombros y la miraba un momento antes de meter la cabeza de nuevo en los montones de hojas esparcidas sobre el escritorio; tinta negra que reivindicaba su derecho a existir (pese a las pantallas planas, la prisa).

Folios llenos de manchas de café, de noches de desvelo. Algo no funcionaba, pero… ¿Qué era? Corregía novelas desde hacía años. Corrector de novelas, escritor frustrado. De un solo vistazo sabía por qué ese párrafo sí, por qué ese no; encontraba el punto débil de un personaje con rapidez. Sólo con una lectura entendía qué fluía, qué fallaba. Pero esta vez no. Esta vez ignoraba cuál era el lastre.

Eso le desesperaba.

Llamada a la puerta, otra interrupción. Me voy, cariño, ¿compro algo? Y él negaba, ceño fruncido, hiriente. Otra cosa, ¿”notablemente”, cariño? ¿Te pasa algo? Has repetido esa palabra mil veces esta noche. No he pegado ojo… Y él, con pereza, que si esta novela, que si no es nada, que si todo bien…  Y al irse ella la tranquilidad de nuevo y pararse a pensar… “¿Notablemente?” (y darse cuenta por fin). Bajar la cabeza y verla ahí, courier new 12 impresa en tinta de cartucho: “notablemente”. Se le revolvieron las tripas. Era eso: un adverbio.

Un adverbio. Un escollo. Un bache. La maldita piedra en el camino.

Su rotulador rasgó el folio. Tachó la palabra y la sustituyó por otra más rotunda, menos rimbombante. Mejor. Y releyó. Fluía. Ahora sí fluía. Así funcionaba incluso el diálogo aquel un poco hortera. Y el personaje pedante se convertía en un villano atractivo. Y hasta el título pretenciosomilvecesvisto tenía su gracia.

Se quitó un peso de encima. Esa tarde salió a la calle. Se oxigenó. Fumó de tres en tres sus cigarrillos largos. Vio a sus amigos. Se emborrachó. Y durmió con insolencia, como el que no tiene que rendirle cuentas al día siguiente.

A pesar de la resaca, el de esa mañana fue el primer café optimista en semanas. Incluso la besó porque sí, como entonces; magreo incluido. Pero la felicidad duró lo que duran dos sorbos y un polvo precipitado: casi nada. Al volver al escritorio ahí estaba de nuevo “notablemente”. Y le desafiaba desde los folios esparcidos, con contundencia, sin vergüenza. Con odio. Ni rastro de la tinta de su rotulador. Se le heló la respiración y en un segundo pasaron por su cabeza historias imposibles, anomalías, fantasmas y miedos. Luego se relajó y hasta le entró la risa. Rotulador otra vez y tachar con fuerza. Ni rastro de “notablemente”, de nuevo su palabra, flamante, imponente. Mejor.

Para quitarle importancia bajó a comprar tabaco. Esta vez de liar, por lo del petróleo. O por entretener los dedos. Pero por las ganas de que desaparecieran los papeles, por perderlos de vista. O por mandarlo todo a la mierda y ya.

Lió el cigarrillo, dedos temblorosos. Fumó con ansia, sin gusto, y subió los peldaños hacia casa con lentitud; no de tres en tres como tantas otras veces (como siempre). Se acercó al escritorio poco a poco, sin ganas. Un café cargado en la mano como única arma. Y al llegar a su silla, su mayor temor: allí estaba otra vez la dichosa palabra, a pesar de tachones, de tippex, de hojas rotas.

Tras varios días y varias prórrogas, decidió dejar atrás la página veintitrés. Saltar a la treinta con osadía, dispuesto a avanzar, con decisión… Y durante horas leyó concentrado, con ganas. Ni siquiera se enteró cuando ella se fue. Ni siquiera se dio cuenta de que no volvió aquella noche. Pero de nada sirvió: a la mañana siguiente la página veintitrés estaba allí, carga insoportable, carga pegajosa. Y así, mañana tras mañana, se reía de él notablemente, con una risa sorda, hiriente.

Por las noches se despertaba de golpe. Posiblemente soñaba con cosas horribles, aunque él siempre fue más del “quizás soñarlas”. Ella le acariciaba cuando despertaba entre temblores y alguna vez conseguía calmarle… Hasta que un día prefirió irse a dormir al sofá. Se hartó de darle consejos, él generalmente no le hacía caso; aunque  siempre fue más del “en general ignorarla”.

Los días se empezaron a mezclar con las noches. Se olvidó de subir las persianas y las puntas negras de sus mejillas se convirtieron en una barba tiznada. Su reloj biológico se quebró en un tiempo en que se quebraron muchas cosas. Llamó alguna vez más a la editorial, enfermedad, la muerte de un ser querido, problemas familiares… Se agotaban las excusas, las frases hechas, como se agotaban las ideas para escapar del yugo (o de la página veintitrés).

De repente una mañana (o una tarde, una noche, qué más da) una nota pegada a la nevera, letra deslavazada pero de un firme que hundía: “Cariño, siento que últimamente quieres estar solo. Yo necesito mi espacio. Posiblemente las cosas vuelvan a ser como antes pero  ahora no puedo”.

Rompió el post-it amarillo mortecino. Odió ese uso del “-mente”. Y la mente en desuso. Adverbios pegajosos. Palabras renqueantes. ¿Te ha dejado, verdad? Te lo tengo dicho, cielo. Las espantas con tanto pensar. La voz de su madre al otro lado del teléfono. Él fingió ruido, poca cobertura. Siempre colgaba rápido, olvidaba pronto. Si no, hería.

Las persianas seguían cerradas y las hojas del calendario no caían (aunque el tiempo pasaba y pasaba rápido). Por debajo de la puerta se colaban cartas y papeles y se acumulaban en un desorden de pelusas, polvo y colillas. Un día cogió un par al azar, las abrió, las leyó: “Lamentablemente, le informamos de que su solicitud ha sido rechazada”. “Estimado señor, desafortunadamente y a pesar de su interés…”. Las rompió en pedacitos y plantó un mueble frente a la puerta. Ni una carta, ni una noticia, ni un “-mente” exasperante, inquietante.

Omnipresente.

Y un día más, como todos los de antes, tachó el “notablemente” con desgana, como esas cosas que se hacen por rutina y a la mañana siguiente deben hacerse de nuevo. Pero la tinta del rotulador, el último rotulador de la caja, ya no respondía. Perdido, sin saber qué hacer, descolgó el teléfono para llamar de nuevo a la editorial. No buscaba excusas, buscaba voces. Hacía tiempo que no hablaba con nadie, ni siquiera consigo mismo para recriminarse esa maraña barbosa, el trabajo inacabado, los días perdidos. Pero al levantar el teléfono, el silencio. Ni un sonido, ni una señal. Nada. Sintió que sus cuerdas vocales se atrofiaban. Algo le empezaba a pesar en el pecho.

Trató de tachar, de romper, de tapar. Pero sin tinta, sin fuerza, sin tippex. Ordenó los folios, uno tras otro, los trescientos. Los anudó con cuidado, el título en la primera página junto al nombre del autor, nombre como todo en él rimbombante, pedante, insufrible. Metió los folios en una caja que también anudó lentamente (o mejor, con lentitud). Cogió las cerillas y el alcohol de cien grados. Metió los folios en la bañera y los roció, luego prendió una cerilla y la lanzó sobre ellos.

Ardió la tinta, ardieron los folios, las palabras renqueantes, el título pretenciosomilvecesvisto.

Cuando quedó el polvo, la ceniza gris, se sintió aliviado. Aunque sólo un segundo. Volvió al salón con temor. Esperaba los papeles dispersos, la tinta negra. Pero al fin el escritorio vacío. Las persianas subidas, la luz del sol. Respiró. Pestañeó con incredulidad. Varias veces. Y sí, su mesa seguía limpia. Abrió la puerta con prisa y bajó las escaleras. Escapar, pero piernas entumecidas.

Salió a la calle y se sentó en un banco. El sol le dio en la cara, en los brazos. Y las puntas de los dedos empezaron a despertar, a sentir, a volver a la vida. Dejó atrás el olor a cerrado, a alcohol quemado. Se fijó en los ojos de la gente que bailaban con prisa, que buscaban el suelo, que evitaban mirarle. Comenzó a andar sin rumbo. Y fumó, fumó y fumó hasta llegar frente a una enorme escaparate que daba a la calle. Tras él, libros de colores chillones, de portadas horteras, de nombres imposibles.

Entró sin pensarlo, automáticamente (aunque le pesara). La librería olía a papel y a moqueta rancia. Paseó por las estanterías. Sus piernas le guiaron hasta un mueble bajo con un enorme cartel: “best-seller”, tipografía rosa, fucsia plástico.  Allí, apilados en un orden arrogante, un montón de ejemplares. Algo hizo crac. No quiso mirar, pero sin querer (o inevitablemente) vio que eran ejemplares de un libro de título pretenciosomilvecesvisto.

Intentó marcharse. Salir de allí. Pero su cuerpo no respondía, pero sus piernas no andaban, pero su mano agarró uno de los ejemplares y lo abrió. Encuadernación cartoné, hojas gruesas. Sus dedos pasaron las páginas una tras otra, hasta llegar donde nunca quiso volver, hasta llegar a la página veintitrés. Apenas un vistazo y el “notablemente”. Presa de una furia incontrolable arrancó la página de un manotazo, la tiró al suelo, la pisoteó. De la nada apareció una señorita de chaqueta azul, de labios rojos y, con ella, otra menos señorita, de traje beige, de porra al cinto. Entre las dos le sacaron a la calle: perro pulgoso, escritor frustrado.

Tras la cristalera, la tipografía fucsia plástico se reía de él. Como se reía la página veintitrés dentro de cada ejemplar cartoné, o hecha una bola en el suelo enmoquetado. Se enfadó, decidió dejarlo, dimitió en su cabeza y a punto estuvo de llorar, de gritar, de arrancarse la barba tiznada, la maraña barbosa que le cubría la cara.

Frustración. Asco. Rabia.

Pero entonces, y sin más,  comenzó a reír.

La risa le salía a borbotones. Eran carcajadas, eran gritos. Un loco en medio de la calzada. Sin saber cómo, sin saber por qué (o por la tipografía rosa fucsia o por el escaparate o por la página hecha una bola en el suelo enmoquetado), de repente se dio cuenta de que ese día algo había cambiado. Iba a salir del agujero. Ese día “best-seller” fue la palabra que le revolvió las tripas, que le dio grima, que se le atragantó…

La palabra que, por fin, dejó “notablemente” en un notable segundo plano.

Licencia Creative Commons
Adverbio por Elisa Ferrer Molina se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en ablandarelladrillo.wordpress.com.

Licencia Creative Commons
Adverbio por Teresa Herrador se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en ablandarelladrillo.wordpress.com.

Advertisements

11 thoughts on “Adverbio

  1. Me ha encantado! Elisa y Tere avanzan notablemente! (no he podido evitar acordarme de las notas del cole…)

  2. No se trata solo de lo que cuentas,sino como lo cuentas…
    Esto es lo que me gusta de tu adverbio…y…
    casi dejo de leerlo,me estaba angustiando..

    Las ilustraciones en estrecha relación con el texto.Muy buenas ,aunque me gusta mas el estilo de ilustración del anterior texto,con esas pinceladas de color y ternura…

    • Gracias Teresa! 🙂
      El caso es que yo suelo trabajar en el estilo de las primeras ilustraciones, pero en este relato, como tú bien dices, llega a angustiar al leerlo, y de ahí que las ilustraciones tuvieran que ser más “oscuras”…

      Y es cierto, lo mejor de cómo escribe Elisa es (aparte de los temas) que el ritmo del texto te atrapa 😉

  3. La inocencia del descubrir de unas niñas, el clima de angustia desde el primer párrafo, el humor como un guiño al lector en medio de un entorno tórrido, seco, invasivo, el ritmo, ese juntarpalabrasparahaceracentosenpequeñosgestosdelrelato… y esas ilustraciones.
    Me parece extraordinario.
    Gracias a las dos
    Juan Carlos

  4. Éste, el del ‘adverbio’. Qué decir… Algo así como un ambiente kafkiano, la soledad y de nuevo el ritmo pretenciosomilvecesvisto a lo largo del relato, la obsesión escrita en una especie de espiral que se va cerrando parecida a una cinta de moebius. Y esas ilustraciones que captan ’notablemente’ un clima muy bien descrito.
    Lo he disfrutado.
    Espero con ganas el próximo relato.
    Muchas gracias

  5. La primera vez que he visto que notablemente seguía alli (como el dinosaurio) he emitido un sonido. Algó asi como mmmmfffffff. Cuando hago mmmmmffffffff siempre sonrío. S. se molesta cuando lo hago, Dice que no es más que una sonrisilla pretenciosa de gafapasta de estar por casa.

    Todos sabemos que S. no tiene razón.

    Sobre todo porque S. no estaba aquí cuando ha sonado mmmmfffffff.

    Porque me ha molado que todo siguiera notablemente en su sitio. Desde mi punto de vista creo que has sido demasiado generosa al permitir que el corrector eluda la locura o el suicidio, pero no todo tiene porque acabar necesariamenten violencia y mutilaciones, no sea que pase como en la vida y la ficción también te devuelva lo que le das.

    Así que me voy a la cama con buen gusto y ganas de fumarme un cigarro. En cuanto me acueste diré mmmmfffffff. Esta vez un poquito más fuerte, no sea que S.ya se haya dormido.

    Besos

    El post it amarillo decía recordandoagudu.blogspot.com

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s