Latir

Se iba a morir.

Bebió el whisky con hielo de un trago y le hizo un gesto a la camarera para pedir otro. Él nunca bebía whisky ni hacía gestos a las camareras. Siempre había querido ser ese tipo de tío; pero no lo era. Ella le puso la copa y le sonrió con lástima, parecía saberlo. Otra vez de un trago y le ardió en la garganta. Tosió y acabó con su imagen de tipo duro; tan de mentira.

Aún así pidió otro whisky. Ya le daba igual el ridículo. O que ardiera.

Se iba a morir.

Lo sabía antes de escucharlo de la boca del doctor de pelo cano, de frente preocupada, de dientes amarillosos por el tabaco negro. Si no intervenimos, su corazón puede fallar. Detenerse. Dejar de latir. Lo sabía antes de escuchar el lamento ahogado de su madre, antes de que ella le apretara la mano con fuerza y le hiciera daño.

Daño. Dolor. Lo sentía hacía tiempo. Lo había temido siempre, pero ahora que estaba ahí, ahora temía lo otro. Lo que venía después. La nada. La arena sobre la caja. Las cuencas vacías en que se convertirían sus ojos. Y los gusanos. Cuando llegaba a los gusanos, paraba sus pensamientos. Era incapaz de seguir. De-jar-de-la-tir. Tan pequeños, tan hirientes. Estaba en ellos, en los gusanos, cuando levantó los ojos y la vio.

Ella llevaba los labios rojos. Él se iba a morir.

Se quedó colgado de su imagen un rato largo. Bailaba mal pero era guapa. Y sus ojos. Le entretenía mirarla. Cuando se reía se movía entera y perdía el equilibrio. Se agarraba a su amiga y bailaba de nuevo. Le decía cosas al oído y se perdía en la música, en las risas. Y él se perdía en ella. De-jar-de-la-tir.

Bailaba y pedía botellines de cerveza, chupitos de tequila. Iba borracha y se reía muy fuerte. Se dio cuenta de que él la miraba y le miró también. Con fijeza. Ojos negros, profundos. Sin fin. Y encendió un cigarrillo. No se puede fumar. Ella le hizo un gesto de silencio. De-jar-de-la-tir. El dedo sobre el pintalabios rojo. Él se encogió de hombros y sonrió sin ensayarlo, por primera vez le salió solo.

Se olvidó de su cuerpo. Dejó de escuchar la maquinaria descacharrada que le mantenía con vida. De contar cada latido. De sentir cómo los pulmones se le llenaban de aire. Y se acercó a ella. Era morena y tenía un nombre raro, quizás inventado. Le gustaba que fuera morena, que fuera más alta que él. Y le gustaba su nombre, tan de juguete, su pintalabios y el movimiento de muñeca con el que se acercaba el botellín de cerveza a la boca. Esa boca.

Ella le dijo alguna tontería. Él se rió. Era torpe para hablar con las chicas y prefirió escuchar. O fingir que escuchaba. Ella decía cosas que quizá eran interesantes, él intentó parecer un tío interesante. Sus ojos fijos en los labios rojos. Intensos.

Ella volvió con su amiga y él volvió a ser el niño perdido rodeado de adultos. Adultos que andaban calle arriba, que no eran sus padres. Adultos cuyas caras no alcanzaba a ver, cuyos ojos no alcanzaban a verle, cuyas piernas eran obstáculos casi insalvables. De un plumazo volvió a ser ese niño que fue y que le atormentaba, pequeño, asustado, insignificante. Solo.

(Belén era rubia, brazos de madre, ojos grandes y azules, casibobos. Pero tan suya).

Escuchó a las camareras murmurar; notó las miradas de los motoristas desfasados del otro lado de la barra, barbas y melenas canosas; de las chicas que bailaban en círculo y daban grititos, y daban saltitos, y daban grima. Estaba seguro de que hablaban de él, de que se reían de él. Sintió los palmetazos en la espalda al pasar corriendo el pasillo del colegio. Pam pam pam, sus pasos sobre el suelo frío, de piedra. Las carcajadas de los otros, su falta de aire. Ya se le acababa el aire cuando era pequeño. Y ya el vacío intenso. Resuello.

De-jar-de-la-tir. Chasqueó los dedos para pedir otra copa. Cada vez más sofisticado. Alguien a su lado se le adelantó. Yo invito. Era una voz cavernosa, dura. Y al poco le lanzó el vaso de whisky, que patinó por la barra como en tantas películas. Aire de sueño. Se dio la vuelta. Los pies, grotescos, le colgaban del taburete. Las manos apenas llegaban a la boca para darle un trago a su copa. Era un enano. Cara de enano, brazos de enano. Le guiñó el ojo y él le sonrió Aire de pesadilla, olor dulzón de la almohada por la mañana, despertar lynchiano. Pero no le miraba. Miraba a través de él. Como si ya no existiera, como si ya hubiera muerto. Apuró el whisky. Nunca había apurado tantos whiskys como aquella noche. De hecho, pocas veces antes había apurado algo.

Encontrarás tu camino, tu equilibrio. Ahora estás en tránsito. Aún eres joven y tienes mucha vida por delante (mucha vida por delante, mucha vida por delante, mucha vida por de-jar-de-la-tir). Pero no sufras, hazme caso, encontrarás tu sitio. Voz de ultratumba, un oráculo. Su oráculo. Y el brazo corto levantó la copa al aire en su honor. Y le miraba sin verle. Eres joven, especial y tienes mucha vida por delante, repitió. Era viejo y pequeño. Él asintió sin alivio, o con miedo.

A veces la soledad se le agolpaba en la garganta, en el pecho. Y le ahogaba.

Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla al enano. Una complicidad extraña, grotesca como los pies bailando entre las patas del taburete, los bracitos cortos. Y él le pago una copa, los labios de ella dibujados en su cara de enano. Y manos de enano, pies de enano.

No podía parar de mirarla. Los hoyuelos en su rostro se le antojaron peligrosos. Le recordaron a los faros de los coches que se cruzó camino del bar cuando se levantó de la cama ojiplático, entre sudores, salió a la calle, condujo con prisa, sin destino. Con ansia. El ansia del tic-tac del reloj golpeando su cerebro. Los números digitales sin parar de bailar sobre la mesilla de noche. Y el vacío.

(Belén olía a azahar. A tortilla de patatas recién hecha. A casa).

Ella volvió. Y sus labios. Jugaba con su pelo. Con su botellín. Con él. Y él, sin saber cómo, sin saber por qué, se lanzó a jugar también. ¿Puedo probar tu pintalabios? Adrenalina. Peligro. Sentir por fin. Pero le temblaban las piernas mientras entreabría la boca. Mientras la rodeaba por la cintura. Cintura estrecha, fuerte, columna a la que agarrarse. Mientras peleaba con su lengua contra la lengua de ella. Lucha mojada, hambrienta; enredo de prisas y deseo. Al separarse le flojearon los brazos. Ella le miró desde dentro, o más cerca. La conversación intentó sobrevivir, pero se extinguía en un mirar las bocas, los cuellos, los ojos.

Se besaron de nuevo. Ella sabía a cerveza, a droga amarga. Principio de peligro, bienestar asegurado. Era un sueño, un juego, una mentira. El placer inconsciente de la fiebre. Ella cruzó al otro lado de la barra, agarró una maleta grande, incómoda. Besó en la mejilla a la camarera y dejó de nuevo su marca roja, insolente. Él la miraba y sentía algo parecido a la felicidad, al miedo. Y entonces recordar y mirar también al otro lado…

… el enano ya no estaba.

Ella le arrastró hacia fuera. A él, a la maleta. ¿Vas o vienes? Y ella se rió (o una mueca). ¿Qué más da? Le dijo. ¿Qué más da? Alta, larga, piernas eternas. Él se dejó hacer, se deseó hacer. Vamos a mi casa. Y él la siguió allí donde desaparecía Belén, su madre, las pastillas, el olor estéril. Ella le besó. Y otra vez y otra. Y él olvidó y sintió que su corazón se agrandaba y se encogía. Orgánico. Vivo. Que latía más rápido. Que latía más fuerte. Que seguía sin de-jar-de-la-tir. Y sintió que sentía.

(Belén le abrazaba y sus brazos le arropaban, le quitaban el frío. Pero ininflamable, inane; estéril también).

Ella vivía en una callejuela estrecha, oscura; calle encerrada en sí misma, sin ventana al mundo, en una casa de techos bajos que crujía heridas de madera. Andaba agachada para evitar las vigas y así, encorvada, ágil, era sensualidad, era sexo, era su corazón acelerado a cada roce, a cada mirada.

La lanzó sobre el sofá. Se sintió como si hubiera lanzado así a miles de mujeres aunque nunca antes había lanzado a ninguna. Le pinchaba el corazón, le supuraba, le hacía daño. Pero supo que hoy por fin iba a ser él, que mañana dejaría de serlo. Así que se la folló. Salvaje. Con ganas. Como si fuera el único hombre del maldito mundo capaz de hacerlo. Ella le acarició y él se sintió como la guitarra de Jimmy Page: especial, doble mástil. Y deseó de-jar-de-la-tir en ese mismo momento. Deseó acabar ahí. Good bye, au revoir, que os vaya bien.

Y luego se durmió, su cuerpo en el olvido.

Cuando les despertó el sol, con los hoyuelos desdibujados, los ojos profundos le interrogaban, le sonreían, dudaban. Bailaban de un lado a otro, nerviosos, ni rastro de la seguridad de la noche anterior, del brillo del alcohol. Más real. Más guapa. Y en esos ojos leyó dudas, incertidumbre. Expectativas que cumplir. Deseos frustrados. Buscó restos de carmín en sus labios, hoy rosados. Especiales y sinceros. Carnosos y carnales. Que mordían y que (ahora lo supo) podían hacer daño.

Tomaron un café y de reojo vio la maleta grande, incómoda, entreabierta en el suelo. Asomaban pelucas de colores chillones, sintéticos. Asomaba fracaso. Él evito mirarla, a la maleta, a ella, y evitó descifrar las mil historias que asomaban de sus ojos negros. Evitó entender que allí también había dolor, que allí también había vivencias, había miedo. Y se centró de nuevo en él, en su jodido cuerpo. La abrazó, se enredó en su pelo negro y le habló de las baldosas blancas esterilizadas, de los bisturís, de las sopas de ave sin color, sin sabor. Le habló de no tener mañana. Ella, invadida, aplastada, no sabía qué decir y bromeó. Bromeó sobre él, su corazón, sobre las baldosas blancas. Y le hizo reír. Quizás los nervios.

(Belén se aguantaba las lágrimas cuando estaba él. La cara se le ponía roja. Los ojos rojos. Los brazos rojos. Sarpullido. Y él quería gritarle, salir corriendo).

Camino a casa tenía un regusto metálico en la garganta. A cobre. Y los dedos se le dormían. Conducía cegado por la luz. Una luz que se le antojó como esos rostros de facciones perfectas, de rasgos perfectos, y que aún así no son hermosos, no se sabe por qué.

Al entrar a casa, Belén y su madre le interrogaron sin decir nada. Los ojos clavados en él, el reloj de la cocina con su tic-tac incansable. Tazas de café sucias, cigarrillos aplastados. Él dio cualquier excusa y su madre le abrazó. Le dio varios blísteres de pastillas. Se tomó tres de golpe. Rutina asquerosa. Belén estaba enfadada pero no dijo nada. Hablaba poco, Belén. Sudaba mucho.

Se hundió en el sillón y sonó un mensaje en su teléfono. Podríamos quedar otro día. Lo he pasado muy bien. Besos. La mirada de ella ocupó su mente. Y de nuevo evitó descifrar qué querían decir sus ojos negros, profundos. Y no quiso pensar en su boca, en su pelo, en sus piernas, sus caricias. Y sintió que sentía y sintió miedo. La nariz se le llenó de olor a musgo, se le nubló la cabeza. Se abrazó a los cojines de flores, tan feos, tan poco mullidos, pero de sobra conocidos. Belén se sentó junto a él. Le abrazóamamantó. Estaba segura de que todo iba a salir bien. La operación es fácil, dijo. Sarpullido. Y entonces el vacío, ese espacio conocido. Sintió todo menos alivio. De-jar-de-la-tir.

Se acordó del enano. Vio el vaso de whisky patinar por la barra, pero esta vez no lo agarró a tiempo y se estrelló contra el suelo. Cristales rotos, cubitos de hielo sobre el líquido amarillo. Como una broma, un chiste malo. Eres joven, tienes mucha vida por delante. Los ojos azules de Belén, grandes, casibobos, le miraban con pena. Lástima pegajosa. Ya verás, irá bien. Y él deseó que se equivocara. La piel se le pegaba al sofá, ventosa desagradable, y sintió que necesitaba terminar, apagarse, dejar de latir ya. Porque de repente vio que su vida había sido y sería eso: un montón de gotas de sudor pegadas a un maldito sillón de escay.

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Latir by Elisa Ferrer Molina is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en ablandarelladrillo.wordpress.com.

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Miedo by Teresa Herrador Bravo de Soto is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en ablandarelladrillo.wordpress.com.

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2 thoughts on “Latir

  1. Habrá quienes digan que ese poquito de sudor es suficiente, pero también los hay quines dijeron, una primera vez al menos, que pisar una mierda da suerte. Amor de sofá y desesperado. Amor sin consuelo supongo. Casi amor, casi vida

    Hace poco Loquillo escribió sobre los que no creen en los anuncios de Ausonia, que detestan las palabras de compasión, que los suburbios de la muerte son áridos y sin jardines y recomendaba este blog (que es muy recomendable) http://eslalarva.wordpress.com/ . Tu cuento no anda lejos de esa desesperación inconsolable, y ha sido un placer leerlo, en consecuencia.

    … y fue en un metro que recordé que donde no hay memoria hay casualidad. Y horas antes de una intensa noche de alegría y cerveza, en el vagón que me llevaba hasta allí y justo despúes de pensar “no me llevo un libro gordo que luego si hay jarana estorba. ¿Cuál?… Vale Cronopios y Famas que hace mucho que no lo reabro”, a pesar de mi costumbre de nunca empezar los libros de historias breves por la primera, esta vez, si fue así. Y allí estaba “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo…”. Y sonreí, porque ablandar es sin hache y porque ya iba hora de seguir leyendo el segundo cuento. Luego fui muy feliz, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión

  2. “La tarea de ablandar el ladrillo… ” es esa que me propongo abordar cada día cuando me levanto y me encierro en mi cubículo al lado de una ventana en la que no me dejan abrir la persiana… Cuando salgo de allí intento que el cartel de Hotel Bélgique me acompañe, me inspire y me haga olvidar esas siete horas de la misma pasta dentífrica, de esa masa pegajosa que se proclama oficina… Hoy, desde mi pequeño cubículo oscuro te he visto pasar varias veces pero ya de reojo, y no me ha dado tiempo a agradecerte este comentario que me ha hecho tanta ilusión…
    Mañana lo haré y te pediré un nuevo post-it amarillo para poder navegar por tu blog…

    ¡Gracias, Joseph!

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