Carretera

“Cuando regrese a Itaca,
la del cuerpo estoicamente insatisfecho,
todo habrá cambiado de lugar:
los muebles tendrán las piernas tambaleantes,
las telas tendrán el cutis arrugado
y habrá engordado Penélope”
H. Carreto

Conducía sin ver la carretera. Tenía los ojos empañados; el sueño, las lágrimas. La oscuridad era tan densa que se podía tocar, que sentía que la rompía mientras avanzaba con su coche destartalado, viejo. Siempre sucio.

La misma cinta, enganchada en la radio desde hacía años, sonaba cada vez que arrancaba el coche. Él la odiaba; para ella, en cambio, era como estar en casa. En cada canción la voz de David Gilmour arrastraba un dejo metálico, magnético, marciano. Y reforzaba la extrañeza de aquella noche, de aquella carretera. Curvas cerradas, pavimento sudoroso. A cada lado los árboles bailaban extrañas danzas. Y silbaban, silbaban fuerte. Sombras negras que se alargaban y se confundían con la noche. Y daban miedo.

Fotografía de Joana E. Sendra

Sujetaba el volante con fuerza. Se le resbalaba el pedal del embrague y se dio cuenta, más vale tarde, de que llevaba las zapatillas de andar por casa. Las prisas, la osadía (el meter cualquier cosa en la maleta para que él no se despertara).

Temió que se le fuera el pie del pedal, salirse de la carretera. Apartó ese pensamiento. Intentó despertarse, quitarse el sueño, las lágrimas. Pero la oscuridad sólo le recordaba a la oscuridad. A cuando era pequeña e imaginaba que ese montón de juguetes era un monstruo agazapado (y mantenía la mirada fija en él hasta que los ojos le dolían).

Le costaba creer que estaba ahí, conduciendo. En medio de la noche. En medio de la nada. Hacía apenas dos horas estaba metida en la cama. Él a su lado; ojos cerrados, respiración acompasada. Ella llevaba días sin dormir. O semanas. Quizás meses. La rutina la confundía. La relajaba tanto mirarlo que ya estaba cansada. Que cerraba los ojos y se veía atrapada en ese cubículo; en esa misma noche todas y cada una de sus noches, todas y cada una de sus mañanas.

Apretó el acelerador, quería llegar lo antes posible. El pueblo del que siempre huyó ahora se le antojaba un paraíso: la casa de paredes gruesas, el periódico de su padre, los bizcochos de su madre. Acurrucarse relajada sin que importara el hoy, ni el ayer, ni tampoco el mañana. Sólo deseaba llegar y dejar atrás los lunes, las toses de la oficina y sus tubos fluorescentes, los vagones de metro. El edredón de plumas.

Hasta que de repente un golpe.

El volante giró solo, se le resbaló el pie y escuchó un lamento desgarrador, casihumano. Pisó el freno, cerró los ojos y esperó. Esperó lo inevitable. Lo inesperable hacía tan solo unas horas cuando la rutina la arropaba entre las sábanas, la ahogaba con ruido de radiadores y olor a suavizante: morir y dar vueltas de campana.

Pero el coche quedó clavado al borde del arcén, junto a los rastrojos, el quitamiedos. Junto una cruz cubierta de flores marchitas.

Respiración entrecortada y el cinturón que le oprimía el cuello, el pecho y le dolía. Y entre las rendijas que dejaban el ruido de sus jadeos y la cinta de Pink Floyd que chirriaba sin música, se colaba con insistencia un llanto afilado, hiriente. Confundida, tardó en darse cuenta de que era ese gemido lo que había empezado a estremecerla, lo que se le agarraba al estómago, a los oídos (y no la soltaba).

Se deshizo del cinturón; tenía las manos entumecidas, la cabeza llena de niebla. Abrió la portezuela e intentó vencer la oscuridad con la luz del teléfono móvil. Tenue y torpe. Sola. La intranquilizaba no saber qué había frente a ella, andar a tientas. No saber qué era ese bulto que gemía ahí, tirado en el suelo. Era verano, pero hacía frío. Y la paralizaron el frío y el miedo. Volvió al coche, arrancó. Dio marcha atrás y pisó el acelerador. Iba a escapar, pero el gemido seguía ahí, agarrado a su estómago, como una losa que la frenaba.

Salió del coche de nuevo y respiró profundo para hincharse de valor; o quizás para retrasar el momento. Se acercó al bulto y lo iluminó. Respiraba. A pesar del miedo, alargó el brazo un poco más y por fin lo vio. Era un perro. Un perro. Un pastor alemán grande; negro y lloroso, como todo en esa noche. Sangraba, temblaba. La miraba aterrorizado, sin entender.

Pensó en todas las veces que en las películas disparaban para evitar el sufrimiento. Dispárale, Joe, es por su bien. Manos que se tapaban la cara, dedos temblorosos que apretaban el gatillo. Dos balazos generosos y adiós al dolor. Y ella, que odiaba a la Asociación Nacional del Rifle, quiso tener un arma entre las manos.

Se acordó de su abuelo partiéndole el cuello a un conejo de ojos rojos. Y se acordó de la paella de después. Y de cuando el veterinario le dijo que se despidiera de su gata y, tras una inyección, la dejó inerte sobre la mesa metálica.

Y no sabía por qué, pero también se acordó de él. O quizás no había dejado de pensar en él desde que había salido de casa y le había dejado allí, enredado entre las sábanas.

(Y supo que aunque tuviera un arma en las manos, sería incapaz de dispararla).

El perro temblaba de frío, volvió al coche y rebuscó en el maletero. Encontró la manta de los chinos; color rosa chicle, osos dibujados. Cuánto se habían reído de ella, con ella. Cuánto les había ayudado a soportar el frío en ese viaje improvisado, sin rumbo, plantar la tienda en cualquier parte. Ahora ya no había nada improvisado, ya no había cualquier parte.

Cubrió al perro con la manta y se arrodilló a su lado. Le acarició. Evitaba sus ojos. Le recordaban a él. A ella. (A los dos). La sangre del perro manchó la zapatilla blanca. Una oveja herida que se hinchaba. Y manchas negras, grasa de la cocina.

Él seguiría en casa, dormido, sin notar aún su ausencia. A veces ni siquiera notaba su presencia. Quizás la costumbre. Quizás el correr tanto para no llegar a ningún lado.

El llanto del perro se iba haciendo débil y sin embargo cada vez la hería más. Le suplicaba con la mirada y ella la esquivaba, le daban miedo los finales. No saber qué había al cerrar la puerta, cuando ya no quedaba nadie, cuando todo se acababa. Pero volver al principio era imposible. Y lo sabía. De nada servía ya esconderse debajo de la mesa. Ya no funcionaba el abracadabrápatadecabra, ni el regalarle a sus padres undibujolosientomucho y pegarlo en la nevera con el imán de los yogures.

La luz empezaba a filtrarse entre las nubes. Y en los ojos del perro al dolor se sumaba la sumisión, el saber que luchar ya no valía la pena. Ella le abrazó para intentar aplacar su frío. No sabía las horas que había pasado así, hecha un ovillo junto al animal. Pensando en asfixiarlo, buscando alternativas, pero sin hacer más que esperar.

Sólo esperar.

El frío se colaba por sus riñones, aguijoneaba las zapatillas. Apenas ya se escuchaban el gemido, los lamentos. El perro la miró un par de veces más, una mezcla de agradecimiento y temor, de conmiseración y lástima, antes de que su mirada se perdiera; se convirtiera en una nada acuosa, vacía. Admiró su valentía.

Y en la nada de esos ojos descubrió la nada en que se había convertido su vida, donde perseguía metas que se deshacían en calles llenas de gente con prisas, en estreses de mañanas de metro, en muebles llenos de polvo y rutina.

Siguió un tiempo más abrazada a él. Notó su cuerpo enfriarse poco a poco, su rigidez, mientras la luz rojiza se adelantaba a la llegada del día y daba, por fin, un soplo de calidez a esa noche.

Quizás llegaría al pueblo a la hora del desayuno. Explicaciones precipitadas, un zumo de naranja y encerrarse en su habitación durante días. Cama enana, libros del barco de vapor apilados, pósters noventeros descoloridos por el sol. Refugio.

Pero ya no tenía hueco en esa habitación convertida en trastero improvisado, en armario familiar. Se empeñaba, aunque volver era sólo un sucedáneo de volver.

Pensó que no podía abandonar así al perro. ¿Y a él? Apenas una explicación en una nota amarilla pegada a los Corn Flakes: sobre el dibujo de una tabla calórica ondeaba la bandera de la cobardía.

Enrolló al perro en la manta, ya más roja que rosa, apenas los muñecos dibujados. Buscó una pala en el coche. Pero nada. Al menos el maletero estaba cubierto de plásticos. Él y sus manías. Él y tenerlo todo bajo control, perfecto como el primer día, sin dejar un segundo siquiera a la improvisación.

El animal pesaba, pero le arrastró hacia el coche. No sabía qué iba a hacer con él. Quizás enterrarle en su huerto o en cualquier bosque. Pero ayudarle lo que había sido incapaz de ayudarle minutos antes.

Se sorprendió de su propia fuerza, de poder subirlo sola al maletero y dejarlo allí entre los plásticos blancos y asépticos, ahora manchados de rojo. Le costó un momento decidirse y empujar la puerta para encerrarlo en ese sarcófago inventado.

Hasta que subió al coche y arrancó. Llegaría al pueblo justo cuando sus padres se despertaran. Condujo sin darse cuenta, quizás dormida. Cuando apenas faltaba una hora para llegar, le vinieron a la  mente los ojos del animal, la manta, los gemidos que seguían ahí, agarrados a su estómago. Y así, de repente, sin pensarlo, frenó de golpe y cambió de sentido. Condujo varios kilómetros en dirección contraria, como en un sueño, arrastrada por la inercia, por la música.

A pocos kilómetros de la ciudad pensó que antes de ir a la ferretería para comprar una pala, debía hablar con él. Por primera vez, hablar con él; enfrentar las cosas. Contarle, aunque no lo supiera, por qué había decidido irse, por qué ya nada tenía sentido para ella en esa ciudad, en esa casa.

Él debía saber por qué ya no le quería (o quizás es que nunca le quiso).

Paró y compró un par de croissants rellenos de chocolate y dos capuccinos de los que se arrepintió al instante, demasiado edulcorados. Aparcó frente a casa, el hueco de siempre, y subió las escaleras. Desde el rellano escuchó el despertador. Los gritos de unos niños. La radio de la vecina (y olió su café). La puerta se le antojó distinta cuando metió la llave. Supo que sería la última vez. Dejó los croissants en la mesa de la cocina y puso en hora el reloj. Siempre se atrasaba.

Entró en la habitación. Se apoyó en la pared y le miró. Él aún dormía.

Elisa Ferrer Molina

Fotografía de Joana E. Sendra

Licencia Creative Commons
Carretera por Elisa Ferrer Molina se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Licencia de Creative Commons
Fotografía by Joana E. Sendra is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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6 thoughts on “Carretera

  1. Pues mola mucho maca. Espero q no se arrepienta nuna de volver a abrir esa puerta. Espero que sepa cerrarla después.

    • Qué bien que te guste!! A ver si tu tattoo(s) me inspira y me obliga este 2014 🙂

      Ah, aparte del autor que te dije apunta, si no lo has leído ya, a Jack Kerouac…

      • Si! A jack Kerouac lo tenía ya fichado! Me gusta bastante. Poco a poco iré recuperando hábitos. Gracias por la ayuda!

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