De paso

Conduje durante horas. Siempre olvidaba lo lejos que estaba esa maldita ciudad hasta que me sentaba frente al volante. Pocos kilómetros antes de llegar paré en un área de servicio para llenar el depósito. Aun tenía gasolina, pero iba sin prisa. El surtidor escupió el líquido antes de tocar la boca del depósito y me manché los pantalones. Aspiré para embriagarme con el olor, me mareé un poco. Entré a pagar y la cajera ni siquiera levantó la mirada del crucigrama cuando saqué los billetes del bolso y los dejé sobre el mostrador. Antes de salir cogí del estante un paquete de caramelos mentolados y dejé unas monedas. La cajera apenas movió la cabeza. Siempre olvidaba lo antipática que era la gente de esa ciudad hasta que llegaba.

Salí sin despedirme.

Vi una cabina y pensé en llamarla. Avisarle de que iba a pasar para una visita rápida y que quizás me quedaría una noche, pero preferí no hacerlo. Me subí al coche de nuevo y conduje los pocos kilómetros que me separaban de la ciudad.

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Aparqué frente a su casa. Se la veía desde afuera, fumaba en la mesa de la cocina, junto a la ventana. Tenía ese gesto agobiado de quien debe estar en otro lugar, de quien debe hacer muchas cosas. Mi hermana siempre tenía ese gesto agobiado. Y miraba el reloj demasiadas veces. La saludé desde la calle pero no me vio.

Aproveché para fumar mientras la observaba. Ella miraba a un punto indefinido entre la mesa y la pared que tenía enfrente. Parecía cansada. Apagué el cigarrillo y me dirigí hacia la puerta. Llamé apenas rozando el timbre. Mi hermana tardó mucho en llegar aunque la cocina estaba cerca.

Cuando abrió la puerta y me vio se sorprendió. Me miró con seriedad, con extrañeza. Pero sólo un momento antes de sonreírme con una sonrisa que no parecía pertenecer a su cara. No esperé a que me invitara  a entrar, entré y cruzamos cuatro besos de los que apenas rozan la mejilla.

De reojo vi la foto de boda de mis padres sobre el mueble del recibidor.

Encendió otro cigarrillo. Le pedí fuego y encendí uno de los míos. Nos sentamos a la mesa de la cocina, ahí donde ella estaba unos minutos antes. Me ofreció café y le dije que uno solo, bien cargado. Miré alrededor con curiosidad. Le pregunté por Samuel. Tardó en responderme que ya no vivía allí.

– Se fue hace más de dos meses, Laura. Creo que ahora vive por el norte.

Insistió en que me lo había contado. Yo no la había tomado en serio. Lo habían dejado y habían vuelto tantas veces que, le dije, creía que era una más. El ruido de la cafetera le ahorró responderme. Se levantó, se apretó el nudo de la bata y se acercó a apagar el fuego. Me sirvió la taza de café y se sentó de nuevo frente a mí. Estaba seria.

– ¿Me puedo echar un poquito de ron?

Mi hermana me clavó la mirada. Luego la apartó, rápido, y no dijo nada. Me puse en pie y cogí la botella del estante. La llevé a la mesa y eché un buen chorro en mi café.

– Entonces, ¿Samuel y Sofía se verán poco, no?

Me olfateó con extrañeza, aun olía a gasolina.

–  Apenas… Bueno, nada

Y se quedó callada. Estaba seria. Tenía canas, más de las que recordaba. Le di un buen trago a mi café y le pregunté por Sofía, por las clases. Me dijo que le iba bien, que era una niña muy espabilada, mientras se levantaba y colocaba de nuevo la botella en el estante.

–  Sale ahora en quince minutos. Iba a cambiarme.

Me ofrecí a ir a recogerla. Había conducido muchas horas, me vendría bien estirar las piernas. Aceptó, enseguida, con cierto alivio. Y me dio la dirección del colegio y las llaves de casa.

Salí a la calle, había oscurecido aunque apenas había pasado una hora. Y hacía frío. Encendí un cigarrillo y anduve con prisa, hasta que vi un bar abierto. Miré el reloj. Tenía tiempo para un café rápido. Entré. Apenas dos parroquianos que me miraron de arriba abajo al cruzar la puerta y un televisor encendido que emitía un partido de fútbol entre dos equipos extranjeros. Le pedí al camarero un café solo. Cuando me lo sirvió le pedí que me echara un poquito de ron. Bebí el café de un trago, me ayudó a entrar en calor y me animó a salir de nuevo a la calle.

Frente al colegio encendí un cigarrillo con lo que me quedaba del anterior. El humo del tabaco se mezclaba con el vaho, hacía frío. Los padres se agolpaban a la entrada y me quedé fumando unos metros más atrás. Se abrieron las puertas, los niños salieron a gritos y se rompió el silencio que impregnaba la calle. Apuré el cigarrillo cuando distinguí a Sofía y lo apagué contra la acera pisoteándolo con el zapato, me metí un caramelo en la boca. La reconocí enseguida a pesar de que había crecido mucho. Los padres frenaron la carrera de los niños, algunos a gritos, otros con un abrazo cariñoso, cada uno agarró al suyo y poco a poco se empezaron a dispersar en diversas direcciones.

Sofía buscó con la mirada hasta que se cruzó conmigo. Le costó un poco asimilarme en ese espacio. Incluso reconocerme. Se acercó con vergüenza y me dio un par de besos. Me dijo que olía raro y que ella también quería un caramelo. Tenía un folio arrugado en la mano en el que había dibujada una casa con puertas negras y frente a ella un perro y una mujer.

– Es mamá.

Y se zafó de mi abrazo. Yo le cogí la mano y emprendí el camino de vuelta a casa. Su manita pequeña se movía incómoda entre mis dedos. Le pregunté por las clases, los compañeros. Me contó que no le gustaban, que ya sabía escribir y que estaba harta de dibujar. También me dijo que un compañero le había pegado en el recreo.

– Me ha hecho daño en el brazo. Está gordo.

Durante el camino Sofía sonreía a todos los hombres que nos cruzábamos. A las mujeres ni siquiera las miraba. Andaba despacio y tenía que tirar de ella para que avanzara. Frente a su casa se detuvo junto a un vagabundo, le saludó y acarició a su perro. Era un hombre joven, guapo, con el pelo largo y rubio y sucio, enredado. Su perro tenía el mismo color, la misma suciedad, y los dos recibieron a Sofía con alegría. Les dio el dibujo que había hecho. El vagabundo lo agradeció y lo guardó en una carpeta que tenía bajo los cartones, llena de otros dibujos de Sofía. Se despidieron chocando las manos. Cuando nos alejamos Sofía me preguntó si yo tenía perro. Negué. Ella quería un perro como el de Jacobo, supuse que así se llamaba el vagabundo.

–  Podrías convencer a mamá de que Jacobo viniera a vivir con nosotras… – y me tiraba de la manga. – ¿Por qué tú no te vas a quedar, verdad?

–  No, me iré por la mañana. – al escucharme suspiró aliviada.

–  Menos mal, no hay bastantes camas. Sólo la mía y la de mamá.

Cruzamos rápido la calle. Vi a mi hermana a través de la ventana. Seguía sentada a la mesa, fumando, la mirada fija en la pared. Cuando abrimos la puerta y avanzamos por el pasillo, escuché cómo arrastraba su silla y encendía la radio. Al llegar a la cocina estaba frente al banco, deshuesaba un pollo. Fingió que llevaba un rato haciéndolo. Sofía le dio un beso a su madre y corrió hacia al salón a ver la televisión.

–  Ha llamado mamá. Le he dicho que estabas aquí. – noté cierto resentimiento en su voz.

– ¿Viene a cenar?

 – No, dice que es muy mayor para salir a estas horas, que vayas a verla mañana.

Le respondí que estaba de paso, que Sergio me esperaba a mediodía y que pensaba salir esa noche o al día siguiente a primera hora.

– Pobre mamá, ella me lo ha dicho “estará de paso” y yo diciéndole que no, que seguro que te quedabas un día más para verla.

Y sonreía con los ojos. Yo apagué el cigarrillo en el macetero que había junto al cenicero. Me quemé los dedos.

– Vaya por dios, sí, pobre mamá.

Y aunque intenté evitarlo, me tembló la voz. Me puse el abrigo que acababa de quitarme y salí de la cocina. Mi hermana me preguntó adónde iba. Le dije que iba a ver a mamá, que volvía enseguida, que no se preocupara, estaría de vuelta para cenar.

Cuando salí a la calle el frío era más denso. Jacobo, envuelto en unos cartones, me saludó desde la acera de enfrente. Pensé en conducir hasta allí pero el aire en la cara me vendría bien y me puse a andar. A través de las ventanas veía a la gente preparando la cena, viendo la tele y deseé haber subido al coche.

Las calles habían cambiado desde la última vez. Andaba con lentitud, con pereza y fumé un cigarrillo tras otro hasta que llegué frente a la casa de mi madre. La luz estaba encendida y observé la ventana desde la oscuridad de la calle. La vi entrar a la cocina, acercarse al fuego a comprobar cómo hervía algo en una olla. Se sirvió una copa de vino y se acercó a la ventana. Estaba mayor. Mucho más que la última vez. La miré arropada por el aire helado, por las sombras. Apuré el cigarrillo y seguí observándola. Cuando empecé a tener frío me di la vuelta.

No se distinguía bien, pero presentí que sonreía.

De vuelta a casa de mi hermana pasé por el mismo bar y entré, aún era pronto. Allí seguían los parroquianos y la televisión emitía un partido de fútbol de otros dos equipos extranjeros. Pedí una copa de tinto y me la bebí de un trago. Le dije al camarero que me pusiera otra para entrar en calor. Todavía olía a gasolina, pero me había acostumbrado. Él me preguntó si era de allí, le dije que no, que estaba de paso. Y dejé de mirarle, no me apetecía hablar. Me bebí el vino con calma, saboreándolo. Pagué y salí a la calle.

Al llegar a casa de mi hermana, la mesa ya estaba puesta. El pollo decapitado humeaba en el centro. Mi hermana me dijo que acaba de acostar a Sofía, que cómo le costaba dormir a esa niña. Me dijo que yo dormiría en el sofá.

– Voy a salir después de cenar. Me gusta conducir de noche.

Insistió en que me quedara, era tarde. Arrugó la nariz  y me olfateó otra vez.

–  Y has bebido, Laura.

Luego me preguntó qué tal había visto a mamá. Le dije que bien, que la había visto contenta. Y mayor, algo mayor. Le pregunté a mi hermana que dónde tenía el vino. Me dijo que no tenía y sacó una jarra de agua. No sentamos a la mesa.

– Se habrá alegrado de verte.

Y yo asentí.

Cenamos en un silencio interrumpido por mis preguntas. Quería saber cómo llevaba Sofía lo de Samuel, pero las respuestas de mi hermana eran vagas. Apenas habla de él. Tampoco se llevaban muy bien.

– Pero es su padre.

Mi hermana apartó la mirada.

– ¿Vas a querer más pollo?

Le dije que no y se llevó la fuente a la cocina. Volvió con un plato en el que había medio flan tembloroso cubierto de nata. Yo ya había encendido un cigarrillo y fumaba echando la ceniza al plato.

– Gracias, pero estoy llena.

Ella comió el flan sin hablar. Dejó apenas una cucharada y la apartó con desdén hacia un lado del plato. Me preguntó si Sergio estaba bien. Asentí. No preguntó nada más y se levantó a recoger la mesa. Fui tras ella con los vasos y los colocamos en silencio en el lavavajillas. Deseé estar en el coche.

– Riquísimo el pollo, Ana. Muchas gracias.

Y sonreí a su sonrisa. Le dije que iba a salir ya, que no quería que se me hiciera tarde. Pero ella insistió en que me quedara. Bajó unas sábanas y las puso en el sofá.

– Estoy agotada, voy a acostarme. Te veo por la mañana.

La escuché subir a su habitación. Las escaleras de madera chirriaban.

Me estiré, pero el sofá era incómodo, así que me senté en el alféizar. Desde el salón, Jacobo era un bulto oscuro en la acera de enfrente sólo iluminado por el brillo de su cigarrillo. Esperé un poco hasta que arriba, en la habitación de mi hermana, ya no se escuchó nada. Me desperecé y me puse el abrigo. Salí a la calle y cerré sin hacer ruido.

El frío dolía en los dedos. Me acerqué al coche. Aparté el hielo de la luna delantera y me subí. Cuando encendí el coche el ruido me pareció atronador, en la radio sonaba una canción melódica. Aceleré mientras canturreaba.

La casa de mi hermana se fue haciendo pequeña en el retrovisor hasta que desapareció.

Elisa Ferrer Molina

Ilustración de Teresa Herrador

Licencia Creative Commons
De paso por Elisa Ferrer Molina se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://ablandarelladrillo.wordpress.com/2014/05/30/de-paso/.

Licencia Creative Commons
De paso por Teresa Herrador se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://ablandarelladrillo.wordpress.com/2014/05/30/de-paso/.

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3 thoughts on “De paso

  1. Todo se justifica: lo demorado de las acciones, la apariencia de normalidad, la simplicidad de las frases, la continuidad cadenciosa del tiempo, todo se justifica por la sutileza con que se deja intuir lo que que no se cuenta, las entrelíneas que hay que leer muy despacio, sin dejar de sentir todas las emociones contenidas de los personajes y la nunca suficientemente valorada necesidad de hacer pensar al lector. Deja un regusto de tristeza, también, por supuesto, de sabor a auténtica literatura, a medio camino entre Richard Ford y Raymond Carver, si no te ofenden las comparaciones…

  2. ¿Ofender las comparaciones? Es el mejor halago que he recibido en años. Sin duda. ¿Cómo va la escritura en Brooklyn? ¿Fluye más y mejor? Muy bueno tu texto. Rómar le puso mucha emoción. ¡Se te echa de menos!

    • No fluye demasiado, pero por lo menos ya todos los días le doy a la tecla. El caso es que este no es sitio para escribir, se vive demasiado. Yo también echo de menos, bastante.

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