Mosquiteras

El sol ya quemaba. Calentaba el asfalto, la verja de hierro, el agua de la piscina, la escalerilla metálica, el césped, los cristales de las ventanas cerradas, cubiertas de mosquiteras. La habitación olía a horas dormidas, al sueño tierno de los niños, un sueño ruidoso y cansado. Infantil y agrio. Cuando abrió los párpados y se incorporó, los ojos soñolientos pero ya esos ojos abiertos de quien siempre pregunta, de quien siempre duda, la sábana había dibujado formas en su cara.

Formas extrañas, las mejillas encendidas.

Llamó a su madre antes del primer bostezo. Se levantó sin pereza y al saltar se le enredó un pie en la sábana y se cayó y volvió a levantarse. Se desenredó a patadas, con la torpeza propia de los tres años. Gritó mamá. También llamó a su padre. Pero nadie acudió.

Abrió la puerta de puntillas y encendió la luz porque, aunque el sol entraba a borbotones, le gustaba recordar que ya llegaba a la clavija, que se hacía mayor. Y trotó por el pasillo hacia la habitación de sus padres. Ahora un pie, ahora el otro.

Pasos tambaleantes que querían ser firmes.

Arrastraba la mano por la pared y el gotelé le hacía cosquillas en la palma, le lijaba las uñas mientras trataba en vano de rascarlo, de romper las gotas de yeso pintadas de un color crema que parecía gris. Antes de entrar a la habitación llamó al perro. Se escuchaban sus ladridos, lejanos y metálicos. Constantes.

La cama estaba hecha. Ninguna arruga en la colcha, que caía igual a cada lado, las mesillas de noche sin un libro, sin una caja de pañuelos abierta, sin las gafas de leer del padre, los pendientes de la madre. Las cortinas gruesas, corridas, dejaban pasar una luz tenue y agrisada.

Y una mosca daba vueltas y rompía el silencio.

Trotó por el pasillo de nuevo y se agarró a la barandilla con las dos manos para bajar la escalera. El ladrido del perro era un murmullo lejano y mustio. Los pies descalzos sobre el mármol frío, desacompasados, cercanos al límite del peldaño, torpes. Parecía un tentetieso a punto de caer a cada escalón. Y se cayó en el último, pero sobre las manos porque las adelantó para protegerse del golpe y levantarse al instante, elástico, acostumbrado a los trompazos. Correteó hacia la cocina.

Nadie.

Ni un cacharro en el fregadero, todo recogido y limpio. La radio escupía interferencias aunque estaba apagada.

Y nadie en el cuartito de la lavadora, esa habitación minúscula que olía a jabón, a toallas húmedas. Pronunció en alto el nombre de sus padres. Y abrió los grifos del baño para ver el agua correr, para manchar el espejo, para mojarse la cara, beber. Le costó levantar la tapa del váter, pero lo consiguió e hizo pis sin salpicar. Llamó a su madre a gritos, no alcanzaba la cadena. Y la dejó sin tirar y volvió a mojarse la cara y se mojó entero. Temió que sus padres estuvieran en el salón y le riñeran por haberse empapado la camiseta.

También pensó que quizás no estaban.

El sofá vacío. La manta que siempre descansaba arrugada en el reposabrazos, plegada junto a los cojines, mullidos y ordenados. Ni un periódico fuera del revistero, ni una taza sobre la mesa de centro. Abrió el arcón que escondía sus juguetes, los diseminó por el suelo. Lanzó el camión de plástico brillante contra la mesa, los coches contra el sofá, las piezas del lego contra el televisor. Y se volcó el marco de fotos que sonreía sobre el aparador: él y sus padres abrazados, un fondo de playa.

Arrancó las tapas de los libros del niño pelirrojo, de las tres niñas iguales. Y dio patadas a las macetas, rompió las hojas de las plantas granates y verdes. Miró a través de las mosquiteras de la ventana, pequeñas cárceles en forma de red, de trampa para insectos, y no distinguió a nadie en el jardín. Las nubes se movían empujadas por un viento recién amanecido, enfadado y brusco, que cualquiera diría que buscaba rendirle cuentas a alguien.

Toqueteó el televisor y no supo encenderlo. Se sentó en el sofá a juguetear con el mando a distancia. Sorprendía ver que el niño era un retrato de su padre, menos años, menos kilos, menos altura, pero la misma postura, el mismo gesto e, igual que él, el mando dirigido a la tele como un arma al borde del disparo, justo antes del silencio humeante.

Alvaruke (1)

Se durmió en el sofá, sobre la manta ya arrugada, los coches desparramados, el mando a distancia. Afuera el cielo se volvía más pesado, más sombrío. El viento sacudía la palmera amarillenta y sacaba a bailar a las hojas secas. Una de las mosquiteras, quizás mal sujeta, golpeaba contra el aluminio de la ventana.

Un repiqueteo constante y molesto.

El niño, en un sueño inquieto y nervioso, cambió de postura y apoyó su cabeza sobre el mando a distancia y encendió el televisor. Una carrera de fórmula uno y el sonido de los motores se confundía con el de la mosca que, en su vuelo, se alejaba y se acercaba del oído del niño. El calor pesaba y la mosca, cada vez más cercana, le despertó. Él miró alrededor sin saber dónde estaba. El televisor perdió la señal y sólo escupía nieve, interferencias, mientras él llamaba a su madre, a su padre, al perro. Apenas un hilo de voz, quizás los restos pastosos del sueño, quizás la angustia. Fue a la cocina ya sin correr, poco a poco, aun rascando el gotelé, lijando las huellas dactilares, la palma de la mano. Quería llegar a la mesa de la cocina, coger un plátano ennegrecido, el único que quedaba en el frutero del centro. Se subió al borde de una silla, que cargó el peso en las patas delanteras pero él agarró el plátano y bajó de un salto. La silla se precipitó al suelo en un estruendo. Rompió el plátano por la mitad y se lo comió sorbiéndolo. Estaba blando. Encontró una caja de galletas de chocolate en el fondo del armario de abajo y se comió incluso las migas. Un pájaro de plumas negras y blancas se golpeaba contra el cristal de la ventana. Y siguió golpeándose hasta caer sobre un seto.

Ahí, enredado, apenas podía mover el ala.

El niño, asomado a la ventana, subido a la silla, llamó a sus padres. El ladrido del perro era un eco lejano y el niño empezó a llorar. A llorar de verdad, en silencio, con la piel de gallina, como lloran los niños cuando nadie les mira.

Salió al jardín. La cerradura sin las tres vueltas de siempre, sólo girar el picaporte. Los pies descalzos sobre las baldosas del porche cubiertas de hojas marrones, los pies descalzos sobre el césped reseco, junto a la piscina en la que también flotaban hojas, cadáveres de mosquito. El columpio oxidado chirriaba y prefirió no acercarse. En la caseta del perro el bol de agua vacío y limpio, vacío y limpio el bol de comida. La cadena de hierro rota en la última argolla, el collar del perro junto a ella, partido en el suelo.

Y más moscas.

Las baldosas ásperas le raspaban la planta de los pies mientras se acercaba a la cancela. Estaba abierta aunque nunca estaba abierta. Tenía desconchones y, al entornarla para salir a la calle, trocitos de pintura plástica se le pegaron a las manos.

La calle estaba vacía. Ni un coche. Ni un envoltorio de caramelo despistado dando vueltas por la acera, ni un perro perdido, ni uno de esos señores viejos y morenos que corrían vestidos de amarillo brillante.

Sólo hojas secas y el cielo casi negro. Una luz irreal.

El niño se agarró a la verja, miró a un lado y a otro.

Nadie.

De la casa de enfrente salió una niña despeinada, los ojos muy abiertos, llena de mocos, llena de migas. Una niña que miraba a un lado y a otro con la misma ansiedad.

El niño intentó llamarla, ella parecía no escuchar.

De otra casa cercana salió otro niño descalzo y lloroso. Miraba a un lado y a otro esperando a alguien que no aparecía.

Elisa Ferrer Molina

Ilustración de Álvaro Loman

Licencia de Creative Commons
Mosquiteras by Elisa Ferrer Molina is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://ablandarelladrillo.wordpress.com/2014/07/08/mosquiteras/
Licencia de Creative Commons
Alvaruke by Álvaro Loman is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://ablandarelladrillo.wordpress.com/2014/07/08/mosquiteras/

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3 thoughts on “Mosquiteras

  1. Se queda uno como tras ver la escena final de Los pájaros de Hitchcock, pero con el corazón más encogido, el pobre. (El pájaro de plumas negras ayuda a esta sensación) Lo cierto es que a uno le entran sudores y no por la presencia del aborrecible verano, el sol, el calor, sino por la suerte de esos niños, por la acuciante y mejor dejada sin responder pregunta que surge al final: ¿Qué ha pasado? Inmejorable la presentación minuciosa del escenario, lograda a través de los difíciles ojos de un niño, a veces con elementos tan pequeños y elocuentes como un cadáver de mosquito flotando en una piscina. No preveo una continuación posible (¿un nuevo señor de las moscas?), porque el final y la ausencia de explicación son tan aterradores que ya de por si convierten al relato en una fascinante joyita.

    • Mario, gracias. Acabas de evitar un suicidio inminente en la oficina por aburrimiento, por frustración, por lenta agonía 😉

      Esa referencia a Hitchcock me llena de orgullo. Mucho.No creo que sea para tanto, pero me alegra que lo pienses. Escribí, salvando las distancias, con un regusto a Haneke en la cabeza. Ese no pasar nada que por no ser nada es algo. Algo que intranquiliza.

      Otra vez, gracias.

  2. Pingback: Otros | Álvaro Loman

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